Venezuela,
Ucrania y Taiwán: El Tablero Real del Poder Global
¿Invasiones,
negociaciones silenciosas o un gran show geopolítico entre potencias?
Por José Ramón Ramírez Sánchez
Análisis internacional
Introducción
Los acontecimientos recientes
en Venezuela, marcados por la supuesta captura del presidente Nicolás Maduro
por fuerzas estadounidenses, no pueden analizarse como un hecho aislado ni como
una simple operación de fuerza. Lo ocurrido se inscribe en un contexto mucho
más amplio: el de una reconfiguración silenciosa del orden internacional,
donde las grandes potencias actúan bajo reglas no escritas, equilibrios tácitos
y una lógica de intereses que rara vez coincide con los discursos públicos
sobre soberanía, democracia o legalidad.
Venezuela, Ucrania y Taiwán
representan hoy tres escenarios distintos de un mismo fenómeno: la
disputa global por poder, recursos estratégicos y zonas de influencia, en un
mundo donde nadie se enfrenta directamente con nadie, pero todos presionan
hasta el límite permitido.
La extracción
de Maduro: ¿operación militar o reordenamiento estratégico?
Uno de los aspectos que más
interrogantes genera entre analistas internacionales no es solo el anuncio de
la captura de Maduro, sino la aparente facilidad con la que se ejecutó la
operación. En un país con décadas de preparación en seguridad,
inteligencia, contrainteligencia y alianzas con potencias como Rusia, China e
Irán, una extracción de esta magnitud sin una confrontación prolongada resulta,
como mínimo, llamativa.
Esto abre una pregunta
inevitable —analítica, no acusatoria—:
¿Fue una falla de inteligencia
o una decisión estratégica de permitir que ocurriera?
En la política internacional
real, las grandes potencias no siempre defienden personas; defienden estructuras,
intereses y estabilidad controlada. A veces, sacrificar una figura visible
puede servir para preservar un sistema completo.
La ausencia
del verdadero centro operativo
Otro elemento clave es que no
fue neutralizada la figura que muchos consideran el núcleo operativo del poder
interno venezolano: Diosdado Cabello.
Lejos de desaparecer, Cabello:
- Aparece
públicamente.
- Emite mensajes de cohesión, unidad y
control.
- Refuerza el despliegue de seguridad interna.
- Proyecta autoridad institucional y
continuidad del Estado.
Desde una lectura estratégica,
esto es fundamental. En operaciones destinadas a desmantelar un régimen, el
objetivo suele ser el centro real de mando, no únicamente el liderazgo
formal. La permanencia activa de Cabello sugiere que no se buscó el colapso
total, sino un reacomodo del poder.
Mano dura
interna: el Estado en modo supervivencia
Tras los acontecimientos,
Venezuela entró en una fase de endurecimiento interno:
- Mayor presencia militar y policial.
- Operativos de
vigilancia.
- Detenciones
preventivas.
- Criminalización del disenso bajo la
narrativa de “enemigo interno”.
Este patrón no es exclusivo de
Venezuela. Es una respuesta clásica de los Estados que perciben una amenaza
existencial: control antes que legitimidad, estabilidad antes que
apertura.
El costo, como suele ocurrir,
lo asume la población civil, atrapada entre el miedo, la censura y la
incertidumbre.
Trump y el
mensaje implícito
Las declaraciones recientes de
Donald Trump sobre Venezuela no apuntan a una guerra prolongada, sino a control,
previsibilidad y resultados estratégicos. El discurso se centra en
seguridad hemisférica, narcotráfico y estabilidad, más que en reconstrucción
democrática.
En términos geopolíticos, el
mensaje hacia otras potencias es claro:
Estados Unidos actúa, pero no
busca una escalada global.
Esto es clave para entender por
qué no se produjo una reacción militar directa de Rusia o China.
El petróleo:
el verdadero eje silencioso
Venezuela no es solo un
conflicto político; es un nodo energético estratégico. Posee una de las
mayores reservas de petróleo del mundo y ha sido proveedor clave para China,
India y otros mercados asiáticos.
La presencia de petroleros
vinculados a Rusia, China e India en aguas venezolanas, junto con las sanciones
y bloqueos estadounidenses, revela que el conflicto no gira únicamente en
torno a ideología o liderazgo, sino al control de flujos energéticos en un
mercado global tensionado por la guerra en Ucrania y la transición energética.
El paralelo
global: Venezuela, Ucrania y Taiwán
Aunque distintos en historia y
legalidad, los tres casos muestran un patrón inquietante:
- Rusia invade Ucrania y consolida control territorial parcial.
- China presiona a Taiwán, pero evita una invasión directa.
- Estados Unidos interviene en Venezuela, pero sin ocupar ni destruir el Estado.
En los tres escenarios:
- No hay enfrentamiento directo entre
potencias nucleares.
- Las guerras se mantienen regionalizadas.
- Se respetan límites no escritos.
- La retórica pública es intensa; la
confrontación directa, contenida.
Esto alimenta la percepción —no
comprobable, pero estratégicamente coherente— de que existe una coexistencia
tácita de esferas de influencia.
No un acuerdo formal, sino una
comprensión mutua del costo de cruzar ciertas líneas.
¿Negociaciones
secretas o entendimientos implícitos?
No existe evidencia pública de
un pacto entre Estados Unidos, Rusia y China para repartirse territorios o
recursos. Sin embargo, la política internacional moderna no necesita tratados
visibles para funcionar.
Funciona mediante:
- Señales.
- Omisiones.
- Silencios
estratégicos.
- Canales
diplomáticos permanentes.
- Interdependencia
económica.
En este sistema, no
intervenir también es una forma de decidir.
¿Fallos de
inteligencia o decisiones calculadas?
La pregunta final no es si
fallaron las inteligencias de Venezuela, Rusia o China, sino si intervenir
activamente era rentable.
Las potencias no actúan por
lealtad ideológica, sino por:
- Costo-beneficio.
- Riesgo
sistémico.
- Prioridades
globales.
A veces, permitir que un evento
ocurra es menos costoso que impedirlo.
Conclusión: el
fin de las ilusiones
La política internacional
contemporánea no es un campo de buenos y malos, sino un tablero de cálculo
frío. Venezuela, Ucrania y Taiwán no son solo crisis nacionales; son escenarios
donde se prueba el equilibrio del poder global.
La narrativa mediática simplifica.
La realidad estratégica complejiza.
No todo es conspiración, pero casi
nada es casualidad.
Comentarios finales del autor
Este análisis no acusa ni
absuelve. No afirma conspiraciones ni descarta negociaciones. Plantea preguntas
legítimas que surgen cuando los hechos observables no encajan del todo con los
discursos oficiales.
La historia demuestra que las
grandes potencias rara vez actúan por principios absolutos. Actúan por
intereses, estabilidad y control del riesgo.
Entender esto no significa
justificar invasiones, capturas o represiones. Significa reconocer que el mundo
actual se rige menos por moral y más por administración del poder.
El tiempo, los archivos y la
historia futura revelarán qué fue error, qué fue cálculo y qué fue silencio
estratégico.
— José Ramón Ramírez Sánchez
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